sábado, 28 de enero de 2012

MEDITANDO LAS LECTURAS DE ESTE DOMINGO
La Primera Lectura del Deuteronomio (que significa, segunda ley, presenta los 2 grandes discursos de Moisés).El pasaje de hoy nos habla de la promesa que Yahvé hizo al pueblo prometiéndole profetas que les dirían lo que El les mandara a decir. Nos dice esta lectura que el pueblo había pedido a Dios que no quería volver a oír su voz. Por eso, “en aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: ‘El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán” (Dt. 18, 15-20). Así lo prometió Dios a Moisés y así fue con toda la serie de profetas de los cuales leemos en el Antiguo Testamento hasta que llegó “el Profeta”, que no es otro sino el mismo Dios hecho Hombre: Jesucristo.

Profeta es quien dice al pueblo de Dios lo que Dios quiere que se le diga. Profeta no es simplemente quien habla de Dios; es, más bien, quien habla en nombre de Dios y bajo su inspiración. El profeta es a la vez receptor y transmisor: recibe la palabra de Dios y la transmite. Se dice que el profeta es “boca de Dios”, pues el profeta habla con su boca la palabra de Dios
En la segunda lectura. San Pablo, en esta carta a los Corintios, habla sobre la conveniencia de casarse o permanecer soltero. El soltero, la soltera, dice el apóstol, está más libre para dedicarse “al trato con el Señor” Pero no quiere darles ninguna norma, se trata de un simple consejo, porque en la práctica unos tendrán vocación de solteros y otros tendrán vocación de casados. . Él, les dice, está soltero y cree que esto es lo mejor, porque así tiene más tiempo y está más libre para dedicarse a las cosas del Señor. Que cada uno mire cuál es su vocación y actúe en consecuencia.
Evangelio, la semana pasada veíamos como El Señor elegía a sus Apóstoles, en el pasaje de hoy, un sábado, el día más importante para los judíos, esta con sus apóstoles, en la sinagoga, comienza la jornada, orando al Padre y escuchando la Palabra de Dios y dando gracias, similar a lo que hacemos nosotros el domingo.
El Señor estaba enseñando y la gente quedaba asombrada, de lo que decía y como lo decía, decían que hablaba con autoridad, como nadie lo había hecho.
En la asamblea había un hombre que había sido poseído por un espíritu malo, el cuál reconoce al Señor
Jesús tiene que hacer frente a un espíritu inmundo, que grita "¿qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?" Son las fuerzas del mal, que hay dentro de nosotros las que se oponen al mensaje liberador de Jesús. El mal existe, el espíritu del mal sigue actuando. El evangelista Marcos nos presenta la victoria de Jesús. Pero hace falta que nosotros estemos dispuestos a colaborar con Él en esta lucha. Es un combate que se desarrolla primero en nuestro propio interior cuando las fuerzas oscuras nos acosan, nos envuelven, nos ciegan y hasta nos derriban. Pero hemos de levantarnos, Dios está a nuestro favor, lucha con nosotros. El mal será vencido en nuestro interior, el egoísmo será desterrado de nuestra conducta si escuchamos la voz del Señor y no endurecemos nuestro corazón.

Sin ti, nada oh Dios
¡Sorpréndeme, oh Padre!
Para que, dejándome guiar y llevar por Ti,
Tú, sólo Tú, seas el soplo
que conduzca y empuje el navío de mis días.
¡Sal a mi encuentro, con tus brazos abiertos!
Y, apreciando tu presencia,
nunca me falte tu aliento en mis pasos,
tu Palabra en mis débiles obras,
tu consejo en las noches de incertidumbres.
¡Necesito tanto tu autoridad, Señor!
Saber que me acompañas en mis luchas.
Creer que me arropas en mis proyectos.
Sin ti, nada, oh Dios y contigo todo.
Eres la fuente de mi inspiración,
la semilla que, mis manos, dejan en el surco.
La llama viva con la cual intento prender el mundo.
El amor infinito que pone al descubierto el mío
limitado, cerrado e interesado.
Eres, oh Dios, el dueño de la existencia.
Aquél que en el silencio habla,
y en el amor tiene su último y mejor mensaje.
Aquél que, cuando se le llama,
tarde o temprano responde.
Aquél que, cuando se le arroja fuera del mundo,
sigue aguardando el retorno
con manos tendidas y abiertas.
¡Sin ti nada, oh Dios!
Ayúdanos, Dios y Padre, que estás en el cielo,
a sacar de nosotros aquello que nos paraliza.
A dinamitar los muros que nos apartan de Ti.
A expulsar el maligno que, en lucha encarnizada,
nos quiere para infierno y no para el cielo.
¡Sin ti nada, oh Dios!
Y contigo, lo podemos hacer todo ¦Señor.


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